Cierra los ojos exhausto, siente la sangre manar de sus heridas, es conciente de su sudor y su respiración.
Por un momento el tiempo se detiene, permitiendo a sus sentidos dilatarse al máximo, sus oídos reconocen los gritos de cada uno de sus compañeros, puede oír los latidos de sus corazones enardecidos. Percibe el olor de la sangre mezclada con la tierra, el polvo y la hierba de la explanada. Sus ojos queman, por el momento ha perdido la visión parcial de uno de ellos.
Está de rodillas en el suelo, sus manos sobre la espada, siente deseos de vomitar, lo hace.
Sabe que no volverá a ponerse de pie, al menos no sin una motivación.
Se adentra en lo más profundo de su ser, en un claro del bosque, está soleado y camina sin su armadura, está libre de toda atadura, no hay preocupaciones. En el estanque su reflejo le devuelve la sonrisa que se desfigura en un segundo.
El choque de una espada contra la suya lo saca del ensueño, haciendo gala de la agilidad concedida por los dioses, lo bloquea. Se incorpora. Es tiempo de regresar… mandoble tras mandoble reduce a su enemigo, siente las palmas hacerse trizas contra el metal. Da todo de si, pues esas manos no volverán a coger nada más. Han quedado atrás los momentos en que pasaba por los campos de batalla invicto, intoxicado con la victoria.
La sangre hierve y arremete contra el ejército que se acerca.
“Nunca me he retirado”.
Aguanta el dolor provocado por miles de armas, se debilita, pero sigue luchando, hasta que su cuerpo se vuelve de acero. Cae.
No hay necesidad de hablar de aquello, su espíritu quedó y él se marchó. Es un largo camino por delante, guiado por el eco distante, el joven se dirige a las tierras desoladas.
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